Resuenan incesantemente las melodías en mis oidos: de mi lecho me levanto refunfuñando; me miro al espejo, y en mi rostro empalecido observo unos marcados surcos que denotan mi adormecida existencia.
Pienso brevemente en mis que haceres del día, y luego unas quejas interiores renacen en el preciso instante en el que recuerdo que la abstinencia debo mantener, pues por ella deberé partir.
Comienza luego la odisea, de empujones y demoras; un espectáculo montado en la autopista cual si fuera una película, cuyo director, nunca bien visto, se habría olvidado de filmar tal dichoso final.
De la excitacion consumada, reaparece la sorpresa al descubrir el insólito permiso no atribuido de viajar gratis, aunque no fue mío, estuvo cerca!.
Caminando, cavilo en la eterna espera que deberé afrontar, el tedio expresado en mis gestos, el cansancio en mi cuerpo.
Finalmente ocurre el hecho por el cual madrugué, cumplo con aquello en cinco minutos. ¡Si tan sólo cinco minutos!.
Aunque aquello me permitiría romper con el ayuno, solo me contento con saber que una de mis bebidas preferidas con migo llevé: Mí mate.
Dirigiendome casi sin rumbo, con el sol a medio salir, y el frío cuasi invernal; me detengo en un espacio excepcional, dentro de la gran urbe.
Observo a las personas qué van y vienen con rapidez, se apresuran a tomar el colectivo, algunos con traje, otros con sus mochilas pero la gran mayoría con sus rostros pálidos y adormecidos.
En ese preciso momento, detengo el tiempo imaginariamente, quejándome de que no pasará más; todos con priza, yo con mí mate.
Unas líneas de aquí, otras de allí, hojas escritas por doquier.
Descubro entre tanto unas palomas que gorjean, buscando su alimento; otros entes deambulan, se sientan, contemplan, durmen.
En una fuente, juegan los movimientos a hacer piruetas con el agua, y al final el tiempo se hizo trizas, convierto mi queja en sinfonía, mi cansancio en energía: ya se hizo mediodía.
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